Future Me

17 de diciembre: llegado este momento, me ocurre que siento como si me precipitara desenfrenadamente al final del año. Curiosa la percepción del tiempo, que parece que todo se acelera en estos últimos días, entre celebraciones, luces y regalos, chocolate y churros, champán y resacas… Quizá sea mi condición de libra lo que me empuja siempre a hacer balances cuando algo en mi vida concluye (y por ende algo nuevo empieza), pero es que a mi en estos días, la nostalgia de lo que se fue y la emoción de lo que está por llegar se me cuelan en el alma. Aunque, supongo que contagiada de eso que llamamos espíritu navideño, la gris melancolía queda relegada a un segundo plano frente a una esperanza fenomenal: la de volver a empezar, la de la página o el lienzo en blanco, la del océano de posibilidades… saben a lo que me refiero. Ay, los propósitos de Año Nuevo. Suerte con eso.
«El yo vive el presente con el recuerdo y la anticipación del futuro, que solo existe en la conciencia que los unifica. Los instantes valen de diferente modo, un momento penetra en otro y queda ligado a él. Es inútil ir a la búsqueda del tiempo perdido: no hay reversibilidad del tiempo».
Henry Bergson
Pues resulta que este año no me había parado todavía a hacer el balance del 2019 seriamente, cuando, entre capítulo y capítulo de la serie Years and Years(viene a cuento, si no la han visto, se la recomiendo) recibo un email con una carta que yo misma me escribí hace justo un año. Lo hice a través de Future Me, me encantó la idea cuando la descubrí y decidí probar. Para ser sincera, lo había olvidado. ¡Me sorprendió mucho! Mi carta, que no voy a reproducir entera, termina así:
 
«(…) Seguro que tienes retos interesantes para el 2020. ¡Tengo tanta curiosidad por saber de ti…! Deseo que tu voz siga sonando fuerte, alto, desde tu alma; que te hayas reafirmado en tu propósito de no dejar que nadie vuelva a callarla. Ni un poquito. Sigue tu camino, sigue caminando, no hay final, no hay fin, el fin en si mismo es caminar, continuar, disfrutando cada paso, dejándote sorprender con cada curva. No te entretengas ni te frustres intentando dibujar un futuro ideal, eso no existe, el futuro no existe. Sólo tienes hoy. Sabes de lo que hablo.
Con mucho amor,
Amparo»
Estoy acostumbrada a escribir a diario, pero no a escribirme a propósito para volver a leerme en una fecha concreta. Fue raro leer a mi yo-pasado hablándome, preguntándome, dándome consejos, como si fuera otra persona. Mi yo-presente leyendo una carta de mi yo-pasado, escrita a mi yo-futuro. Como para no sentirse raro. Un año ya. Un año no es tanto… ¿O sí? ¿Cuántas cosas han pasado en 365 días? ¿Cómo las he vivido? Porque lo pienso como un periodo corto de tiempo y sin embargo lo siento como una eternidad.
“El tiempo es muy lento para los que esperan, muy rápido para los que temen, muy largo para los que sufren, muy corto para los que gozan; pero para quienes aman, el tiempo es eternidad.”
William Shakespeare
Entiendo que el tiempo, o mejor la experiencia del tiempo, es subjetiva y… maleable, blanda cual reloj de Dalí. Se expande o acorta en función de las emociones y de la intensidad de los momentos vividos sin que ninguno de nosotros reparemos prácticamente en ello. “¡El futuro no existe!” me digo en mi carta. Bueno, lo mismo que el pasado, que no es más que una interpretación de nuestra selectiva memoria. Por no hablar del presente, que se me resbala entre los dedos mientras escribo esto, con cada respiración, con cada letra que golpeo en el teclado. El tiempo. Lo nombramos en muchas expresiones a diario, sin ser conscientes, y sin darnos cuenta de que el tiempo no se tiene o se deja de tener, ni vuela, ni se para, mucho menos se ahorra. Se vive. ¡Se vive! Recordamos, planeamos, soñamos, y nos olvidamos de vivir.
 
Mientras leo mi carta me sumerjo en este baile frenético entre pasado-presente-futuro. Supongo que, sin decirlo expresamente, ese era uno de mis propósitos para el 2019: vivir más en el presente. Y sin pensarlo así, este año me he esforzado por controlar mi mente en este perpetuo vaivén entre vivir en “lo que pudo haber sido” y la ansiedad de planear un futuro que solo está en mi imaginación. En definitiva, he intentado ganar presencia tratando de experimentar con atención cada cosa que hago o me ocurre en la vida. No, no es porque esté de moda: la meditación es una práctica milenaria y todo un arte que se aprende con mucha práctica y paciencia. (Este es otro cantar que puedo dejar para otra entrada del blog).
 
Por mi parte, y pensando ya en mis intenciones para el nuevo año, para la nueva década, éste volverá a ser sin duda una de ellas: caminar, seguir caminando, disfrutando del viaje. Aunque parezca ya algo manido o banalizado, realmente es un ejercicio bonito este de los propósitos que podemos hacer por nosotros: nos conecta con nuestra humanidad, ponemos nuestras mejores intenciones en terminar el año que está por estrenar siendo al menos un poquito mejores que el anterior. ¡Ojalá lo hiciéramos más a menudo! ¿Qué cosas te gustaría mejorar de ti? ¿De tus relaciones? ¿De tu vida? ¿Vas a probar a enviarte una carta?
 
Con mucho amor,
A.

Pin It on Pinterest