Life Is Beautiful

Los ojos achinados por el sol, anaranjado, que comienza a descender. Se levanta una brisa fresca. Saco el pañuelo y me lo ato alrededor del cuello. Aún es invierno. El mar, inmenso, silencioso, dorado. Música animada, risas, ladridos de perros a nuestro alrededor. Una terraza con vistas en Ibiza. Miro a mis ocho amigas. “Si es que… qué bien se vive en España, ¿verdad?” –comienzo mientras me acomodo en mi sitio, relamiéndome la espuma blanca de una caña recién puesta de mi labio superior. “Desde luego, cuanto más viajo más valoro este país y más me gustan nuestras costumbres” –dice una. “Totalmente. De norte a sur, tan variado… se come bien, el clima es amable, apenas sufrimos desastres naturales…”–dice otra. “Por no hablar de la seguridad… o la sanidad. ¡No somos conscientes de lo que tenemos!” –asentimos. “Es marzo y mira cómo estamos, ¡no me extraña que los guiris se vuelvan locos!”. Risas. Estamos alborotadas. Brindamos por la que cumple años, por repetir el viaje muchas veces más y por todo lo que se nos ocurre. “Life is beautiful” escribo sobre una foto de la hermosa puesta de sol para Instagram.

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¿Cuántas veces has tenido esta conversación? Yo, cientos. Igual soy sólo yo, pero creo que el español además de criticarlo todo, es también un gran amante de su tierra (también los catalanes, aunque sea sólo de la suya, que ya sé lo que estás pensando). Cuatro días después me encuentro en mi casa, cancelando planes y saliendo exclusivamente para lo necesario, por recomendación de las autoridades ante el avance de un virus que tiene a España y al mundo en vilo. No es el hecho de estar en casa, porque yo no puedo imaginar un plan mejor que un sofá con muchos libros. Pero no es lo mismo no querer, que no poder. No es lo mismo estar en casa tranquilo, que estar en casa lleno de extrañeza, de dudas o de miedo. Qué feo el miedo. No se habla de otra cosa. Mis chats de WhatsApp echan humo con conversaciones filosóficas, políticas, algunas catastrofistas y casi todas (menos mal) con un miembro encargado de ponerle un toque de sentido del humor. ¡Hay que ver cómo cambia la vida en un momento! Un día estás de cañas con tus amigas y al siguiente te inquieta salir a la calle, tocar o abrazar a tu gente; de repente te preocupa tu madre, médico, o tu hermana que vive en otro país; te agobia tu trabajo, ya inestable de por sí; empiezas a hacer números por lo que pueda pasar, a barajar cambios de vida que hasta la fecha eran más bien improbables. Tu mundo tal y como lo conoces, ese mundo que dabas por sentado, parece que se pone patas arriba.

Se suele decir que uno no valora lo que tiene hasta que lo pierde. La expresión está bastante manida, pero es algo que podemos experimentar si no a diario, sí muy a menudo. Son miles los ejemplos que podemos dar de cosas que damos por hechas, por sentadas, a las que apenas damos valor. Desde una pareja (que nos escucha a diario, nos abraza y cuida, pero de la que tanto nos quejamos) o un trabajo (que te permite comprar comida, ropa y tener vacaciones pero que sueñas permanentemente con abandonar), pasando por las comodidades propias del primer mundo como el agua corriente, hasta la propia salud: nos olvidamos de nuestro cuerpo cuando funciona con normalidad y nos permite encontrarnos bien y realizar nuestros quehaceres diarios. Pocos son los que van por ahí maravillándose por poder andar o correr… y ¡ay! cuando nos rompemos algo. Tampoco es común pensar “oh, qué regalo volver a respirar cada mañana”. Y realmente ES un regalo que pasamos por alto, porque el día que no respiras… ya sabes lo que pasa. No son necesarios muchos ejemplos para que el mensaje quede claro: damos MUCHAS cosas por hechas que, por ser cotidianas, dejan de tener valor para nosotros… hasta el día que no las tenemos más.

El tema es que hace sólo cuatro días disfrutaba de un fin de semana con mis amigas del colegio, sin ningún motivo especial, simplemente pasar tiempo juntas fuera de casa. El destino más barato que encontramos en su momento, la fecha la única disponible. Y es quizá la situación actual de aislamiento la que contrasta con aquel atardecer que me hace valorarlo aún más… o las paellas mirando al mar; los huevos rotos con jamón de Mery para acabar la noche; los desayunos de María y los piropos de Pati; la paz de Marina; las canciones de Blanca, las fotos de Bea, las risas de Guti; los besos de buenos días y de buenas noches de Carlota… Tengo la suerte y la desgracia de ser de las que lo piensan y reflexionan todo mucho (suerte porque disfruto el doble, desgracia porque sufro también el doble). Me esfuerzo por ser consciente de todo lo que hago y de todo lo que me pasa, a mí y mi alrededor. Trato de extender las experiencias significativas a los días previos y a los posteriores (los preparativos, la anticipación, junto a los recuerdos son parte fundamental de los momentos que consideramos memorables ¿no?). De ahí que soy dada a iniciar conversaciones como la que abre este artículo. Y aún así, como todos, paso muchas cosas por alto.

Por mucho que especulemos o pretendamos planear, ante esta situación tan incierta es muy difícil saber lo que ocurrirá en el mundo y en nuestra vida individual una vez la tormenta se vaya apaciguando. Lo que es seguro es que se avecinan cambios: en nuestra economía, nuestro estilo de vida, en nuestras profesiones quizá. Quiero pensar con esperanza que se plantearán oportunidades, al menos tantas como dificultades, en muchos ámbitos. Los cambios, más cuando son así, sobrevenidos, casi siempre nos son molestos. La incertidumbre es un lugar donde, en general, no nos gusta vivir. Pero quizá sea este un momento idóneo para parar, no solo físicamente para quedarnos en casa. Sino para a reflexionar y replantear nuestro estilo de vida, el sistema en el que vivimos (profundamente injusto, individualista, insolidario, insostenible), nuestros valores como sociedad y como individuos. Volver a poner lo fundamental en primera línea. Y aunque todo siempre se acaba normalizando, aunque nuevos hábitos y costumbres tomen el lugar de los antiguos, ojalá no nos olvidemos de valorar más a menudo lo que NO todos los seres humanos de este planeta pueden tener: la sanidad, la seguridad, la higiene; la comida, la ropa, el agua caliente. Ojalá no demos por sentados besos, abrazos, atardeceres ni viajes. Estar fuertes y sanos. Volver a respirar cada día. Ojalá nos recordemos (pronto, en cualquier brindis) que aunque a veces se complique… Life is beautiful.

A.​

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