Pon un Árbol en Tu Vida

El otoño es mi estación favorita, no lo puedo negar, y no sólo porque es mi cumpleaños: aunque la vida, después de ese espejismo que es el verano, tiempo de sentirse ligero y liberado, parece volverse más pesada y para muchos es difícil retomar la normalidad (signifique eso lo que signifique este año…), yo me encuentro cómoda en la vuelta a la rutina y al hogar, en la lluvia y los colores y olores propios de la temporada. Pero sí, reconozco que, con la situación colectiva que vivimos este 2020, la dificultad de “la vuelta al cole” es más notable que nunca.

En este escenario, me he dado cuenta de que me tira la naturaleza. Y es difícil, porque vivo en la ciudad. Pero he notado que, a la mínima, sin pensar, mi cuerpo busca verde, parques, árboles, silencio… No ha sido algo meditado, pero se empieza a convertir en rutina salir a caminar bien temprano, mientras amanece, el mundo aún duerme y la vida va despertando sin prisa. Todo parece inofensivo, todo parece estar bien. Respiro el aire fresco como la primera vez, con la ilusión del regalo sin estrenar. ¡Un nuevo día!

¿Cómo puede uno no ser optimista si tiene un árbol cerca?
Ross Spears
Es mi nuevo momento mágico. Luego comienza el ruido: durante estos paseos trato de centrarme y sentar las bases de lo que será el día, de reunir las fuerzas para no decaer frente a la avalancha de noticias, información y previsiones deprimentes de futuro, con esos políticos de ciencia ficción y opiniones y controversias por todo…

Entre árboles, aunque sea en los parques más cercanos a mi casa en el centro de Madrid, me siento liberada por un rato. Conectada y tranquila. Empecé caminando con música, acompañada por algún podcast o audiolibro en mis cascos, pero ahora siento que no quiero aislarme ni “aprovechar el tiempo”. Todo lo contrario, me apetece escuchar la vida a mi alrededor: aunque ya hay algunos coches (siempre hay coches) los pájaros a esa hora, como ocurrió durante el confinamiento, dan sus mejores conciertos; los perros ladran y juegan alegres entre ellos; las ramas de los árboles silban, las pisadas se escuchan sobre los mantos de hojas anaranjadas. Hasta algún conejillo corretea a escasos metros de la M30.

Si vives en un entorno rural, entenderé que te rías. Si vives en la ciudad, pensarás que me he vuelto loca. Pero, no sé por qué, ahora he empezado a observar la naturaleza, y en concreto los árboles como nunca lo he hecho: atónita ante su grandiosidad y firmeza. Reparo en cómo se entregan sin resistencia al tiempo, aceptando los ciclos con una dignidad y una belleza portentosas, pero inalterables en su esencia, arraigados a la tierra con sus profundas raíces, pero sin dejar de crecer.

No tenemos nada que temer y tenemos mucho que aprender de los árboles.
Marcel Proust

No descubro nada nuevo, pues además de ser fuente de vida, el árbol ha sido siempre símbolo de resiliencia y sabiduría, portador de las mejores y más sencillas (aunque poco aplicadas) lecciones de vida. Así que, además de estar acercándome y descubriendo un apasionante mundo para mi antes desconocido, he decidido intentar tomar alguna de esas lecciones para vivir. Para vivir firme, pero adaptándome a lo que la vida va trayendo; enraizada a mi esencia, pero apuntando hacia el cielo. De acuerdo con lo que es y no con lo que me gustaría que fuera.

Que es beneficioso para la salud no lo digo yo, pero por mi mínima experiencia puedo decirlo: es maravilloso, relajante y emocionante a la vez. Comparto esto contigo por si te puede ayudar. Por si en algún momento de parálisis, estrés o confusión máxima, te acuerdas de esto y te acercas al parque más cercano a respirar y a observar.
Que estés bien.

A.

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