¿Y tú que creas?

Puede que sea porque me encuentro en un momento en el que estoy dando forma a nuevas canciones, que estos días me he obsesionado con la creatividad. Más concretamente, con la idea de que nosotros, los seres humanos, estamos permanentemente creando y que, cuando no lo hacemos, destruimos. Sí, me explico. Si digo creatividad puede que se te pase por la cabeza la imagen de alguien muy lejano a ti, que trabajas en una oficina de sol a sol. Un artista, un músico o escritor. El mito del genio creativo… el típico pintor parisino, bohemio y borracho (y pobre, muy pobre). Nada que ver contigo, que llevas la productividad por bandera. “Yo no soy nada creativo” te dices… Como si uno naciera con un pincel o una guitarra en la mano…
«La creatividad es simplemente conectar cosas. Cuando preguntas a gente creativa cómo hicieron algo, se sienten un poco culpables porque realmente no lo hicieron, simplemente vieron algo. Les parecía obvio después de un tiempo. Eso es porque eran capaces de conectar experiencias que habían tenido». –Steve Jobs.
Conociendo los dos mundos y hasta donde yo sé, producir y crear son sinónimos. En definitiva, dar lugar, dar forma a algo donde no había nada. Punto. Lo hacemos al escribir una canción, pero también al fundar una empresa, preparar una comida, decorar una habitación. Pero en el contexto capitalista actual, parece que el primero se reserve al mundo empresarial -un mundo material, de cosas que sirvan para algo; mientras que el segundo queda relegado al mundo artístico -el del intelecto, abstracto y en general que no reporta ningún beneficio (otra palabrita que se ha teñido de color dólar). Dos mundos disparatadamente distintos, separados por un muro más alto que el de Juego de Tronos -y habitado por esos engendros que dicen dedicarse al marketing o la publicidad: nunca lo suficientemente productivos para el empresario, nunca lo suficientemente creativos para el artista (ay, lo que nos gusta meterlo todo en sus respectivos cajoncitos con sus respectivas etiquetas).
 
Hace no mucho cometí la locura de cruzar el muro. “¿Cómo osas abandonarnos, desagradecida?” -pensarían mis antiguos paisanos. “¿Y tú quién eres? Este no es tu sitio” -sentía ante el escrutinio de los nuevos. Y yo ahí en medio, con la necesidad de justificarme constantemente ante unos y otros como quien lo hace ante un ex (“lo siento cariño, no eres tú, soy yo”) y un nuevo amor no correspondido (“por favor, quiéreme, seré lo que me pidas”). Como cualquiera en un nuevo campo, me puse a leer, estudiar e intentar aprender todo lo que caía en mis manos para comprender el territorio, hacerme un sitio, ganarme la pertenecía. Pero debía tener algo, una obra, que hablara por mí. Debía empezar a hacer, a dar forma, a crear. A CREAR. Sonaba importante, me sentí importante. Tan importante como horrorizada. Como una trapecista ante un público pasivo e incrédulo, tantos ojos esperando la caída. Lenta, insegura, al principio. Unos vergonzosos versos aquí, unas breves melodías allá. En un vaivén constante entre el anhelo por encontrar una expresión pura y sincera, y la búsqueda de aprobación.
«La creatividad no se gasta. Cuanta más usas, más tienes». – Maya Angelou
Sé que me queda mucho camino por recorrer, pero he de decir que cada día que pasa estoy más cómoda, voy más ligera. No me siento diferente ni importante. Bueno si… ¡pero es que todos somos diferentes e importantes! Me ha llevado tiempo comprender que la creatividad es una facultad inherente al ser humano, accesible para cualquiera, no algo reservado a los dioses dorados del mundo artístico. Se podría decir que en la creatividad confluyen tres facultades exclusivamente humanas: la inteligencia, la libertad y la energía. En mi caso, que cuento con una dosis suficiente de inteligencia (entendida como capacidad humana de entender o razonar), me ha costado sentirme libre (entendiendo la libertad como facultad de elegir responsablemente los actos) y sin duda he desperdiciado muchísima energía en destruir, más que en crear. Esta energía humana que no se está quieta, que se dirige a crear o a destruir mientras vivimos. Cuando se estanca, enfermamos. Se transforma definitivamente cuando morimos (otro tema sobre el que explayarme en otro momento).
 
También he comprendido que, al igual que un músculo, la creatividad se ejercita, con regularidad, y, como decía antes, en muchas facetas de la vida. Pero, si bien es cierto que todos podemos hacerlo, coincido con Hemingway en que el primer borrador de cualquier cosa es una mierda. Es decir, hay que pasar muchas horas delante de la página en blanco, del instrumento, en el campo de fútbol… o en la cocina. No sé si más o menos de 10 mil horas pero por descontado cualquier descubrimiento, obra o logro reseñables acumulan esfuerzo, tenacidad y fe a raudales en el backstage. El don, o la facilidad con que uno nace para hacer algo, es un punto de partida muy ventajoso… pero estéril si no se trabaja ni se le saca partido. La inspiración es todo menos divina y normalmente uno la encuentra en el lugar y con la actitud adecuadas, no viendo la televisión. En fin, que la creatividad está rodeada de mitos que impiden a muchas personas desarrollar sus habilidades para hacer, para crear objetos, canciones, ideas… desde su punto de vista único, desde su expresión como ser humano irrepetible.
«No es sólo sobre la creatividad; es la persona en la que te conviertes cuando eres creativo». -Charlie Peacock
Por último y para mí más importante, siento que lo que de verdad he estado haciendo -y a esto le estoy poniendo palabras ahora- ha sido crear (o a empezar a crear) la persona que quiero ser. La vida que quiero vivir. Simplemente una buena vida. Consciente y responsable de cada decisión. Mi propio mundo, independiente de unos y de otros, fuera de cajones. Una vida sólo mía, en la que ser completa, orgullosa e irremediablemente yo.
«La creatividad es contagiosa. Pásala». – Albert Einstein

A.

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